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Tal Cual: Simonovis, más allá del preso, está el criminalista, el policía apasionado

Christhian Colina

Tal Cual.- A Iván Simonovis la pasión policial le vino de su filiación tanto materna como paterna. Parece que no tenía escapatoria. Su padre, César Simonovis, fue dibujante de las Fuerzas Armadas Venezolanas y luego funcionario de la PTJ. Su abuelo, Honorio Aranguren, fue miembro activo de la lucha antiperejimenista, aficionado a la investigación criminal y director general de investigaciones de la PTJ. Él mismo cuenta que desde pequeño disfrutaba hacer la travesura de jugar con las radios de los carros de la policía o de visualizar la inmensa biblioteca de su abuelo llena de literatura policial.

Tuvo dos hermanos de padre y madre, y otros cuatro que nacieron de otros matrimonios de su mamá. Pero no se crió con ninguno de ellos. Tras la separación matrimonial, su papá sólo se ocupó de la tutela directa de él. Luego de muchos años, intentó vivir con su madre, pues su padre se tuvo que ir a trabajar fuera de Caracas y no pudo llevarlo. Pero la convivencia no fue lo que tantas veces había imaginado. Soñó durante mucho tiempo como sería tener una madre en casa pero eso solo quedó en sueño.

Quizás fueran estas las circunstancias que lo llevaron a ser siempre un hombre con determinación. A los 10 años, cuando ya organizaban en su escuela el recibimiento del sacramento de Primera Comunión, su padre le dijo que con sus ocupaciones no podía dedicarle tiempo a la preparación. Entonces, decidió que recibir la comunión no era un acto sino una cosa individual. Se coló en una iglesia y con un rosario en la mano ofreció varias oraciones a Dios. Escuchó una misa y comulgó. Desde allí decidió que su Dios era un Dios, no muy distinto a la religión católica, pero sí muy personal.

Cuando Simonovis decidió ingresar a la PTJ, en 1981, lo hizo para convertirse en piloto, pero su abuelo lo convenció de que debía graduarse primero de detective. Poco después recibió de sus mismas manos el diploma que lo acreditaba como “Detective de la República”.

Su primer día de trabajo fue en la división contra la delincuencia organizada, especializada en los delitos de “cuello blanco”, pero a los meses fue seleccionado a dedo para pasar a escolta residencial del director. Fue un total aburrimiento para él. Así que se plantó y pidió que lo cambiaban o renunciaba. Su “castigo” fue pasarlo a la comisaría de El Llanito. Allí el “homicidio de El Hatillo” se convirtió en su primer reto como investigador criminalístico. Se llenó de una pasión que le imprimió a muchos sucesivos casos en los que participó.

En una oportunidad estaba con su hija mayor, Jessica, de paseo en el centro comercial Plaza Las Américas, cuando logró identificar a un solicitado por robo y secuestro, Oswaldo Martínez Ojeda. Tomó a la niña de brazos, se la entregó a un vigilante uniformado y corrió tras el hampón que cinco años antes había detenido. La hazaña por su puesto le trajo algunos problemas con la mamá de la niña.

El sueño de aprender a volar seguía vivo. Esa había sido la razón por la que se había convertido en policía. Así que tocó las puertas de la división aérea para tomar el curso de aviador. Fue acumulando horas de vuelo que le abrieron la oportunidad de pilotear los aviones a turbina de la PTJ, pero recibió una llamada de la división contra robos para enfrentarse con El Peruano y su banda.

De allí salió ileso gracias a la intervención de Rolando Guevara, condenado por el asesinato del fiscal Danilo Anderson. Su pistola estaba encasquillada, y el delincuente se acercó a él para dispararle. El entonces subinspector y jefe de la división de homicidios corrió a apoyarlo y salvarle la vida.

Después de vivir la experiencia de la investigación criminal se dio cuenta de que su vida laboral en la división aérea era uno de sus sueños pero allí estaba arrancando de cero. En cambio, a sus 27 años de edad, ya tenía siete como investigador criminalístico.

En una oportunidad participó en el caso de un hombre fue herido en el rostro por unos antisociales que violentaban apartamentos para robarlos. La banda fue capturada en una operación especial armada. Simonovis fue invitado a una cena por “haber reventado el caso” pues el agraviado era el secretario juvenil de Copei, Vladimir Petit Medina. Y la amable anfitriona resultó ser la periodista Nitu Pérez Osuna.

Simonovis se convirtió en todo un profesional en seguridad ciudadana. Hizo pasantías en la Policía de Nueva York, Policía Federal Alemana y Policía Nacional de Francia, con especialidad en operaciones antiterroristas. Más de 20 años de su vida transcurrieron en la otrora Policía Técnica Judicial (PTJ), donde laboró como investigador criminal por varios años y alcanzó la jerarquía de Comisario-Jefe. Fue condecorado con el Cangrejo de Plata (máximo reconocimiento por resolución de casos de investigación criminal), Cruz Policial, Órdenes al Mérito y acreedor de diversos reconocimientos de organizaciones policiales alemana, francesa, americana y otras instituciones públicas y privadas.

Cursó otros estudios como el Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA), Departamento de Estado en Washington (Estados Unidos), Academia del Federal Bureau of Investigation (FBI), Unidad Antiterrorismo de Alemania (GSG9) , Unidad Operaciones Especiales Francia (R.A.I.D.), Universidad de Georgetown, entre otras.

En 2000, sus superiores en PTJ lo autorizan en comisión de servicio para asumir la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Alcaldía Mayor de Caracas, con el propósito de coordinar y aplicar políticas de seguridad pública en el Distrito Capital. En ese cargo habría comenzado su pesadilla.

Mientras Simonovis estuvo en el Sebin fue director del centro penal Miguel Rodríguez Torres y Henry Rangel Silva. El día de la llegada de este último se le negó el acceso a sus hijos, luego de tenerlos durante cuatro horas bajo la lluvia. El comisario denuncia que la administración de Silva fue tiránica y corrupta, pero en ese tiempo ocurrieron dos gratas e inesperadas visitas: Monseñor Jorge Savino y Henrique Capriles.

Su primer calabozo fue la misma celda que usó Henrique Capriles y que luego compartió con el juez Villanueva que irónicamente libró la boleta de detención contra el actual gobernador de Miranda.

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