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¿Tendrá éxito la política de Biden hacia Venezuela?

Biden comunica rigidez por su edad, pero es un político zamarro, taimado, de los que “no moja pero empapa”

Cortesía de El Español

Caracas/ Por: Ricardo Sucre Heredia.- Rumbo a los famosos “100 días”, Biden dibuja lo que será su gestión de gobierno centrada en reducir las diferencias políticas dentro de los EUA. Hacia Venezuela, su gestión comunica dos pilares: aliviar la crisis social en la región que el conflicto político local produce, y construir una “presión multilateral” para obligar al gobierno de Maduro a negociar con Guaidó elecciones presidenciales y para la AN. No creo que esta estrategia funcione porque parte de las mismas premisas de la estrategia de Trump: la “presión y el quiebre”. Más que insistir en esto que hasta ahora ha fracasado, los EUA pueden apoyar la construcción de la “infraestructura política de la oposición” para que sea alternativa real al gobierno de Maduro.

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Poco a poco el gobierno de Biden dibuja lo que puede ser su estrategia hacia Venezuela. De un silencio inicial han aparecido noticias como la licencia al INEA, el informe de la GAO acerca de las sanciones, la conversación de Blinken con Guaidó, y quizás lo más relevante hasta el momento, el anuncio que se aprobó un TPS de 18 meses de duración para que los venezolanos o personas que hayan vivido en Venezuela y estén en los EUA antes del 9-3-21, puedan regularizar su situación en ese país.

Este “goteo” de anuncios lo que revela es que o hay una estrategia ya diseñada que se comunica poco a poco; o todavía no hay una, pero se desarrolla en los hechos con anuncios parciales.

En abril Biden cumple los famosos primeros “100 días de gobierno”. Hoy se acerca a los 60 días.

Es un gobierno sin mayor brillo en anuncios –que no quiere decir que sea un mal gobierno- porque no viene del despliegue informativo de Trump, un presidente-noticia en sí mismo. Biden es un estilo más tradicional y por eso su gobierno no es ruidoso, no gobierna en el vértigo de algún tuit o un “like”. Sin embargo, Biden tiene un buen sentido de la estrategia política y es un político zamarro, taimado, de esos que “no moja pero empapa”.

Iniciativas de su administración sugieren esta visión estratégica que tiene como meta comunicar empatía con el ciudadano norteamericano y cerrar las heridas causadas por las diferencias políticas de años. Por ejemplo, los anuncios acerca de la vacunación para el COVID y el paquete de 1,9 trillones de dólares para la economía, ambos tratados en su mensaje del día 11-3-21, en donde comunicó que la lucha contra el COVID será otro “Independence Day”; que es un líder y aliado mundial confiable. Verbigracia, la noticia sobre el regreso al Acuerdo de París y la afirmación de Blinken que los EUA buscarán un puesto en el Consejo de DD.HH de la ONU para el lapso 2022-2024, y finalmente, que ser distinto a Trump y menos fanfarrón, no “significa ser pendejo”, y por eso, entre otras cosas, el ataque a grupos armados ubicados en suelo sirio que los EUA consideran terroristas.

Todavía la luna de miel con Biden se mantiene. Un reciente estudio de opinión ABC/Ipsos encontró que el 68% de los norteamericanos aprueba cómo su gobierno maneja el coronavirus. Hoy esta lucha médica es su carta política más importante.

El gran reto para Biden será el largo plazo. Si todo el estremecimiento social que hay en ese país y que Trump catalizó, puede darle un canal político no insurreccional y los EUA se reencuentren consigo mismo al reconocer sus diferencias. En lo político, la prueba para Biden serán las “mid term elections” previstas para el año que viene.

En general, los casi 60 días de Biden son buenos. Del 1 al 20, lo califico con un 16.

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Con Venezuela también el gobierno de Biden ha seguido la “lógica del goteo”. En su programa de gobierno trazó la visión general que se mantiene y define la política de los EUA hacia Venezuela. Esta tiene dos componentes.

El primero –que la administración Biden instrumenta ahora- es aliviar la crisis social que el conflicto político produce. Principalmente, sus efectos en la región.

Lo más destacado aquí fue el anuncio de un TPS el día 8-3-21, que seguramente está coordinado por el TPS para los migrantes venezolanos en Colombia y que Duque anunció hace unas semanas. La lógica de sendos TPS apunta a que mientras se resuelve el conflicto político local, se da un respiro a quienes son aventados por el mismo. Se les da certeza para llevar una mejor vida como migrantes.

Hay otras decisiones como la licencia otorgada al INEA, que busca no obstaculizar el comercio marítimo de alimentos, medicinas, y otras mercancías no petroleras para que quienes las vendan a Venezuela, no teman al “over compliance” de las sanciones.

La gran prueba para esta estrategia de alivio será el tema del “swap” del diésel. Aparecen informaciones que este combustible comienza a escasear y PDVSA ya lo raciona. Hasta ahora, ni el gobierno de Maduro ni el gobierno de Biden han dicho algo de manera oficial. Hay declaraciones de funcionarios como Juan González, director de Asuntos Hemisféricos del Departamento de Estado, quien sugiere que los EUA no modificarán su política en este tema. Si hay una posición oficial, se verá hasta dónde llegará la política de aliviar la crisis social que proclama el gobierno de los EUA.

El segundo componente es más político y más borroso. Consiste en lo que los voceros de Biden llaman “la presión multilateral”, que aunque no la han definido, puede decirse que es alinear a países en torno a una serie de medidas de presión concatenadas, que obliguen al gobierno de Maduro a negociar con la oposición G4 o de forma unilateral, Maduro haga concesiones concretas que apunten a una elección presidencial y de la AN.

Aquí no hay muchas señales, salvo que se asuma que las sanciones de la UE a 19 personas del mundo político son parte de ese diseño y serán parte de otras acciones más coordinadas entre los EUA y la UE. Lo que sí hay son declaraciones de voceros que afirman que construyen la “presión multilateral”, por lo que asumimos que el gobierno de Biden trabaja en esa dirección y algún anuncio o acciones deberán verse en los próximos meses o semanas.

Aunque muchos afirman que con respecto a Venezuela Biden sigue la misma política de Trump, no lo veo de esa manera. Por supuesto, tanto Trump como Biden quieren que Maduro se vaya. Obama igualmente lo deseó. También Bush quería que Chávez se fuera. Los EUA no quieren un gobierno hostil a sus intereses, y menos si está en su “backyard”. Sin embargo, entre Trump y Biden hay diferencias. Es posible que quienes dicen que no hay diferencias es porque los dos gobiernos comparten la misma lógica para la estrategia: la presión producirá un quiebre.

Trump buscó imponer un consenso en países mediante la política de la “máxima presión”. Se recuerdan las diferencias entre Abrams y la UE. El primero le pedía a la segunda que tomara medidas drásticas contra Maduro. La lógica de Trump era que los EUA fungieran como una “locomotora” que empujara al resto de países en contra del gobierno de Maduro. Esto no funcionó, y es la crítica que hacen funcionarios de Biden.

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Los EUA ensayan otra vía, que es construir el consenso entre naciones, y el Norte será una suerte de articulador para consensuar medidas hacia el gobierno de Maduro, que sean multilaterales. La lógica del gobierno de Biden consiste en apostar a que sanciones focalizadas -parece que este tipo de castigos serán los preferidas de Biden; ya las aplica a los militares que dieron el golpe de Estado en Birmania y a sus familias- y la “presión multilateral”, lograrán que Maduro se siente a hablar con Guaidó.

¿Tendrá éxito esta política?

Honestamente no creo. Principalmente porque hoy la política tiene muchos centros de poder. Eso rompe con la lógica lineal del quiebre. Quizás por eso el fracaso en Venezuela al pretender llevar a la práctica experiencias de transiciones de otros tiempos, cuando la realidad hoy no se ajusta a esas recetas.

La única manera con esa lógica del quiebre es la vía Trump: apretar las sanciones. El problema de esta lógica es que produce un resultado inversamente proporcional: a medida que se aumentan las sanciones, las posibilidades que Maduro se vaya se reducen porque en el mundo de hoy, puede vivir con ellas.

La gran pregunta es si es posible una estrategia distinta ¿Por qué Maduro debería acceder a una negociación? Hoy luce sólido en el poder, sin que signifique que no tiene retos. La razón “de la receta de las transiciones” es para que no se sienta perseguido y piense en su futuro. Pero en el terreno político que es práctico, no luce un motivo atractivo para una persona que ejerce el poder. Maduro no quisiera las sanciones, pero si el precio para mantener el poder es vivir con sanciones, lo aceptará como lo ha hecho hasta ahora.

La racionalidad de los “incentivos” no siempre va pareja a la racionalidad de la política. El poder puede ser irracional y los “incentivos” generar el resultado inverso: atornillarse más, por razones “irracionales” que pueden ser la ideología, la ambición, el miedo, la seguridad, el orgullo, entre otros. No pienso que la estrategia “multilateral” de Biden más focalizada y más consensuada contra Maduro, lo desaloje del poder.

Se pueden considerar otros enfoques. Me mantengo en la posición que para ganarle al chavismo hay que “ensuciarse las manos”, es decir, participar en sus reglas, desventajosas desde 1999, pero para construirse con la legitimidad para ser una alternativa política ante el país. La famosa acumulación de fuerzas, que no es solo un criterio cuantitativo como se le ha reducido para descalificarla frente a la tesis del quiebre, sino político. El reconocimiento del país, incluso de las bases que apoyan al chavismo, muy cohesionadas.

Lo anterior pasa por ir a elecciones porque ese terreno permite construir la legitimidad política, en la victoria y en la derrota, siempre y cuando lo constante sea el mensaje de alternancia a través de la organización política para construir el derecho a la alternancia o a la rebelión.

Hoy observo que personas que antes se negaban a ir al terreno del adversario, hoy optan por “ensuciarse las manos” como es el caso de ONG que promovieron nombres de ciudadanos para conformar el nuevo CNE que designará la AN. Es un paso correcto, pero tardío, que puede restarle eficacia.

Hoy hay muchos “betancuristas” en Twitter y vale recordar las admoniciones que Valmore (Rodríguez) le hacía a un joven Betancourt cuando éste negaba el carácter flexible de la política, y el falconiano-zuliano le recordaba que la política no es rigidez, “y que conste que no te digo muchacho”.

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Aunque prefiero que sean los grupos nacionales los que se construyan frente al gobierno con los sacrificios e incertidumbre que eso trae -se puede fracasar- la presencia de países que apoyan al gobierno y a la oposición es una realidad. Sobre ella hay que trabajar.

Ya que los EUA apoyan a la oposición, pudieran considerar su sostén no a las tesis de “presiones y quiebres”, que hasta ahora han fracasado. La esperanza que queda es la lógica del “Muro de Berlín, algún día caerá"; esperanza que le sirve a una pequeña élite que está bien, pero no le funciona a la mayoría de Venezuela cuyo horizonte temporal no es el del muro que cayó en Alemania. Pienso que los EUA consideren aceptar jugar con las reglas del sistema político chavista al apoyar a la oposición, para que compita en elecciones, las gane, que sus resultados se acaten, y permitan construir el piso para negociaciones con el gobierno. Es decir, para cimentar la alternancia.

En vez de gastar recursos en presionar a Maduro, invertirlos en que la oposición construya una maquinaria electoral para elecciones, en reforzar a los partidos, tanto en sus estructuras como en sus programas; en fin, invertirlo en lo que pudiera llamarse la “infraestructura política de la oposición” con la meta que ésta sea capaz de producir una alternancia en el poder vía elecciones.



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