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La Lupa

Un fantasma recorre el mundo: el que pide a los militares participar en política

El llamado a que los militares intervengan en la política no es solo, como se cree, de “países subdesarrollados”. Es un fenómeno que cada vez gana más terreno. Solo recientemente podemos citar llamados en EUA, España, Francia, y Perú. Mientras la participación sea de los miembros retirados dentro de las reglas de la democracia y sus garantías, no debe preocupar tanto, aunque es un síntoma que el liderazgo civil falla, pero es menos preocupante si la participación llega a ser directa como fue en el pasado -golpes de Estado- o como puede ser hoy, los militares como los “grandes árbitros” que deciden quién participa y quién no. El mundo del futuro reclamará militares con formación política porque ya son parte de la sociedad. El problema no es si participan, sino cómo. Hay que revisar el paradigma de Huntington, piedra fundacional de casi todos los ejércitos del mundo

Un fantasma recorre al mundo”…….es el que pide a los militares que intervengan en política para “salvar al Estado y a la nación”……desde Venezuela a los Estados Unidos, de España a Francia, los llamados a que los hombres y mujeres de uniforme tercien en política se hacen cada vez más frecuentes. Y en lugares insospechados porque la influencia militar siempre se ve como asuntos de “países subdesarrollados” y no desarrollados, a pesar que las historias de cada nación y la literatura como el libro de S. E. Finer, señalan que la influencia militar existe en cualquier país. No es la imagen bonita de los “soldaditos que desfilan” o de los “generales que se cuadran” frente a un civil. Los militares influyen, pero “hay influencias más iguales que otras”. No es lo mismo la influencia de los militares en los EUA que se da en el marco de unas reglas políticas aunque es una relación de tensión desde George Washington hasta Trump -Biden apenas comienza- que la “amable invitación” que los militares bolivianos le hicieron a Evo Morales para que dejara el poder al calor de las protestas por los resultados electorales en noviembre de 2019.

Resalta que el llamado a los militares que hoy hay comience en países con instituciones sólidas. Se recuerda el clima de opinión en los EUA antes de las elecciones de noviembre de 2020 y la posibilidad de algún “pronunciamiento” militar que ocurrió cuando el alto mando señaló que Biden era el ganador y lo reconocerían como su Comandante en Jefe. O el mensaje de la Speaker Pelosi a los militares que no le hicieran caso a Trump en la transición entre noviembre de 2020 y enero de 2021. En España, un chat de oficiales retirados habló que “hay que aniquilar a 26 millones, niños incluidos”. En Francia, militares en retiro escribieron un “pronunciamiento” en el que afirmaron puede ocurrir una “guerra civil” en ese país.

Lo que tienen en común los ejemplos citados es la percepción de una amenaza que tiene parte de la población que origina el llamado a lo militar, porque justamente esa es su naturaleza: proteger, preservar, cuidar. Grupos perciben que el Estado se fragmenta, se viene abajo, y se apela al uniforme para evitarlo. El mundo civil no es capaz de manejar las diferencias y se asume que los militares lo harán mejor porque entre los atributos de la profesión, está el “espíritu de cuerpo” que se quiere sea un “espíritu nacional”. Las Fuerzas Armadas como síntesis de la unidad nacional en momentos de emergencia…pero ¿por qué no se apela a las instituciones civiles para administrar la incertidumbre? Pienso por dos motivos.

El primero, la presencia de los militares se hizo cotidiana en la vida civil. En ausencia de grandes guerras y de dictaduras militares tradicionales -los autoritarismos de hoy no requieren de una “junta militar” como en el pasado, salvo Birmania- al tiempo que los conflictos que hay son como Afganistán, guerras con dolientes muy particulares pero el grueso del público no se identifica o sabe que existen, los militares conviven con los demás ciudadanos. Hacen vida de cuartel en ciudades y ejercen su profesión como lo haría un médico, un politólogo, un maestro, una enfermera, con horario de trabajo, y llevan a sus hijos a las escuelas y los van a buscar. Un rol menos marcial -que no significa que no lo sean en su profesión- y más imbricados como ciudadanos con la diferencia que llevan un uniforme.

También influye la evolución de las doctrinas de seguridad y su ampliación a más ámbitos, incluso al espacio personal en una definición cuasi-Republicana que ve la seguridad como un estado de no obstáculos para ejercer libertades y derechos. En un ambiente así, los uniformados ejercen diferentes tareas del mundo civil. Son ministros, cumplen roles en la pandemia, en la distribución de alimentos, en la infraestructura, son profesores. Los militares se han integrado a la sociedad civil no solo en los roles de cuidarla -que lo hacen- sino en los roles de ciudadanos. La sociedad civil los ha acogido y apela a este grupo cuando siente que su seguridad se halla amenazada porque a pesar de su inserción en la comunidad, la función de los militares es la defensa del Estado. Así como en una emergencia de salud se llama a un médico, en una emergencia de seguridad se llama a un militar.

La segunda razón son justamente las emergencias de seguridad, que no son otra cosa que la incapacidad o limitaciones de los sistemas políticos para procesar las diferencias que emergen en cualquier sociedad, pero se perciben amenazantes, y aparece el discurso de la “destrucción del Estado” por determinados grupos.

Es lo que tienen en común los recientes “pronunciamientos”. Luego de la primera vuelta en las elecciones en Perú de abril de 2021, la “Asociación de Oficiales Generales y Almirantes de Perú” alertó sobre la candidatura de Pedro Castillo, por considerar “que hace apología al delito” y llamó a los ministros del Interior y de la Defensa a que “se manifiesten en defensa del país y de las instituciones” (militares y policiales). En España, los “chats” de militares en retiro que investiga la Fiscalía de ese país, tienen contenidos parecidos, “Hace ya algunos años juramos a Dios y prometimos por España derramar hasta la última gota de sangre en su defensa. Las cosas hoy no pintan bien para nuestra Patria. Quiero proponeros a la promoción que nos unamos y hagamos saber lo que se está viviendo hoy en España”. En Francia, el artículo de los militares retirados mantiene la lógica de la amenaza que se percibe sobre la unidad del Estado. Los generales retirados expresaron que su país “corre peligro. Estamos dispuestos a apoyar las políticas que tomen en consideración la salvaguarda de la nación”, porque consideran que regiones de Francia se someten a “dogmas contrarios a la Constitución. Eso está desintegrando al país”. En el ataque al Congreso de los EUA el 6-1-21, el periodismo investigativo que abordó esa acción violenta, halló una sobrerrepresentación de personas con antecedentes militares entre los tomistas, y el discurso fue similar: “salvar la esencia de los EUA”.

Para los militares la unidad del Estado es sagrada. Es la naturaleza de la profesión que puede tener su extremo que son los militares como guardianes de la “esencia de la nación”. Los únicos capaces de decidir qué es lo bueno para una comunidad, y normalmente lo bueno es lo uniforme, lo que no sea diferente. Cuando las FF.AA deciden lo que es bueno para un Estado, llegamos a la famosa expresión para referirse al Ejército de Prusia, “No es un reino que tiene un ejército, sino un ejército que tiene un reino”.

La diferencia hoy es que no hay golpes de Estado ni eventos pretorianos -como el de Aldo Rico y los “carapintadas” en Argentina entre 1987-1990 o el intento de Milans, Tejero, y Armada en España en 1981- sino opiniones o “pronunciamientos” de oficiales retirados a través de comunicados. O formas más sutiles de influir como las que suceden en los EUA. En este país, es un punto de honor que los militares se alejen de las actividades partidistas, sean activos o retirados. Sin embargo, esto cambió desde 1992 con la práctica de los “endorsement” de militares de alto rango a candidatos presidenciales.

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La participación militar sucede bajo el paraguas democrático. Es para influir, no para tomar el poder o intervenciones pretorianas. El problema es que vivimos en un mundo amenazante -porque emergen las diferencias que hay en una sociedad y lo diferente siempre es amenazante- porque demanda cambios en la sociedad cuyo origen es un malestar general de grupos que se sienten desubicados en la escala social por las modificaciones económicos. No son tanto movimientos sociales que tengan su causa en la pobreza, sino en una incongruencia de status. La clásica teoría de la privación relativa: grupos que sienten que su lugar social debe ser mejor al que objetivamente tienen, sea porque con los cambios en los patrones de manufactura quedaron fuera del mundo laboral -Detroit, por ejemplo- o por luchas de grupos sociales como LGBT, inmigrantes, raciales, que reivindican su diferencia y buscan que sea reconocida por los grupos que ejercen el poder. Los grupos que buscan reconocimiento demandan al sistema político que acepte la diferencia y a los diferentes, no la visión dual del mundo: buenos/malos, ricos/pobres, hombres/mujeres, casados/solteros, empelados/desempleados, etc. Una persona puede ser rica, mujer, soltera, y tener incongruencia de status por cómo sus preferencias sexuales son vistas por la sociedad. Es la complejidad que los sistemas políticos de hoy no procesan. Esa complejidad se manifiesta en protestas las que, a su vez, producen la percepción de amenaza que llama al orden a través de los militares, producen a líderes fuertes o “populistas” y movimientos que proclaman recuperar las tradiciones de una sociedad. Es decir, recuperar el “orden natural de las cosas”.

La democracia también es una discusión pública para llegar a acuerdos. Eso toma tiempo, como se nota en el manejo de la pandemia entre China y Alemania, por ejemplo. La democracia requiere tiempo para construir consensos en un debate público que por ser plural, hay diversidad de opiniones. Una, las que rechazan lo diferente porque la incertidumbre que genera no se soporta (los inmigrantes, por ejemplo). En este momento, se apela a lo militar porque se asume son la representación de lo que le da identidad a un grupo: un territorio en el que se asienta un Estado. Los militares se acercan a los grupos conservadores y viceversa: a Trump, a Vox, y a Le Pen, o los líderes de estos movimientos como la francesa, invitaron a los uniformados a “sumarse a la causa”. Es decir, que asuman un rol partidista.

Mientras ocurra un juego democrático con igualdad para los contendientes, no hay problema, aunque los militares tienen el agregado de manejar las “armas de la república” lo que crea una desventaja frente a los grupos civiles. Por eso, entre otros motivos, su carácter apolítico y no deliberante. Es compensar la diferencia que hay con el mundo civil. Pero son oficiales retirados los que hoy hablan. Mientras la pugna democrática sea leal, no hay problema, así sean militares en retiro y no involucren a las FAN. El problema está cuándo se les pide a los militares sean el árbitro de la política cuando los civiles no pueden resolver las diferencias, como parece suceder en países por la polarización y lucha cuasi-existencial que se da entre los movimientos políticos.

El ejemplo más diáfano es Perú. La asociación de generales y almirantes en retiro le pidió a las FAN y a la policía que no acepte a Castillo, quien lidera la intención del voto para la segunda vuelta. Que lo pida una asociación de oficiales retirados debe preocupar. No por la opinión, sino por la voluntad para influir en la institución militar y ésta “se pronuncie” para influir en la intención de votar de cara a la segunda vuelta. Hasta ahora, los militares de Perú se mantienen al margen del tema electoral, pero el llamado a traer a los militares al centro de la política será más frecuente en el futuro de los países.

¿Deben los militares participar en política? Sí ¿Deben los militares ser árbitros y decidir el última instancia lo que los civiles no logran? No. El problema, entonces, es el cómo participan.

Tal vez haya que revisar los paradigmas que sostienen la profesión de las armas. El más famoso es el de Huntington. En sencillo, este modelo señala que la manera para garantizar la no partidización de los militares es alejarlos de la política y que se concentren en su profesión. Ocurre una transacción: los militares se alejan de la política y de los políticos, y éstos se separan de lo militar y solo queda la relación de subordinación en la cadena de mando. Los civiles deciden el uso de la fuerza y los militares obedecen. Una de las debilidades de este paradigma es que si la presencia militar es cotidiana en el mundo civil ¿dónde está la frontera entre lo civil y lo militar? Al menos en los EUA, el paradigma de Huntington comienza a ser cuestionado por estudiosos de las relaciones civiles militares como la profesora Risa Brooks.

El paradigma que compite con el de Huntington y es menos conocido, es el de Morris Janowitz. En corto, Janowitz afirma que los militares en virtud de los cambios en la profesión -por ejemplo, con la aparición de las armas nucleares o, recientemente, con las “proxy wars” o las “cyber wars”- están obligados a interactuar con el mundo político, por lo tanto tienen que saber de política.

Hace unos días le preguntaron a la Canciller de Alemania, Angela Merkel, por los “pronunciamientos” de los militares en retiro de Francia y España. La doctora en física comentó que en Alemania, los militares tienen formación política y cosas así no pasan (aunque no hay que decir que de “esta agua no beberé”). Sin decirlo, Merkel cuestionó el fundamento de los ejércitos de casi todo el mundo: el modelo de Huntington. En el futuro, cuando se hable de reformar a las instituciones militares, será menos Huntington y más Janowitz.  



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