Venezolanicemos a Venezuela | El Cooperante
Conéctate con nosotros

Hola, ¿qué estás buscando?

Opinion

Venezolanicemos a Venezuela

Caracas.- Se ha vuelto recurrente, entre políticos demasiado cautos, el odioso escrúpulo que les inhibe la sensatez en medio de un tremedal de bravatas, lugares comunes y expectativas inconclusas, que recientemente nos han impuesto una historia de frustraciones. Desprestigia a cualquier dirigente el diletante vicio de hacer depender sus posiciones de la variable voluntad del conjunto, limitado este solo al conocimiento superficial de la verdadera política que se gesta a trastienda, a salvo de la impericia característica de los aficionados. La validez de una política no la determina la mayor o menor fidelidad respecto de los deseos del conjunto; la validez de una política se verifica por su mayor o menor adecuación a determinada contingencia histórica concreta, y es este un concepto de necesaria comprensión en nuestras circunstancias para prescindir de la pasmosa timidez que anula la capacidad de nuestros líderes para dirigir con resuelto empuje, confiados de su decisión, en medio de tribulaciones como la de los actuales momentos.

Lea también: Franca Conversación: El dilema de la invasión

Se ha reavivado con enfebrecido furor el debate ocioso de la intervención militar extranjera, pese a que ha sido desestimada por quienes han de ejecutarla, por la sencilla e irreprochable razón de que ningún gobierno puede sentirse atraído por la idea de inmolar a sus hombres en un pleito ajeno; pero sobre este asunto hay que señalar con enfática claridad que quienes promueven este debate no lo hacen por la confianza que les suscite la opción que presentan, sino que lo hacen con el malhadado propósito de echar a la hoguera a quienes se coloquen al margen de esta temeridad que ha sido utilizada como artificio para polarizar aún más a una heterogénea oposición. Si bien es innegable la eficacia intimidante de un plan respaldado por un poderío militar comprobado –si acaso se tuviera-, no es menos cierto que, a los efectos domésticos, las consecuencias de esta narrativa han invertido su finalidad porque, lejos de arredrar al enemigo, ha causado distracciones en nuestras propias filas, prendándolas del ilusionante efecto de una fantasía esquiva. Y, aun suponiendo la factibilidad de tal propuesta, cabría evaluar la pertinencia de instalar un nuevo orden cuya estabilidad y fuerza su funden sobre el poder de otros –cuya inconveniencia no merece ser subrayada- porque de tal relación solo derivaría una peligrosa dependencia ulterior.

No constituye un desplante agresivo para nuestros aliados esta postura innegablemente nacionalista que oponemos frente aquella insensatez que azuza una batalla en la que se importen las armas y las víctimas; para esos heraldos de la guerra puestos a buen resguardo las vidas perdidas en una eventual confrontación solo figurarían como una ofrenda puesta en el altar de sus inmoderadas apetencias individuales. Todo lo contrario. Es una manifestación de responsabilidad y un ejercicio de realismo, correspondiente a la entidad de las decisiones que incidirán en el futuro inmediato de una nación acongojada que ya no ve la hora para que cese su desgracia.

Es tal la complejidad de la coyuntura que ha impuesto un artero desafío a la dirigencia, el de saber balancear la audacia necesaria para enfrentar a unos gamberros y la responsabilidad para preservarse a sí mismos y para preservar a esta causa nacional de traspiés y deslices ingenuos. No podemos enrolarnos en la parada aventurera, o hacer un descargo de nuestras responsabilidades cuando las dificultades más nos apremian, porque eso solo sería interpretado como una franca confesión de nuestras insuficiencias para encabezar un movimiento de transformación nacional. Pero tampoco podemos ser partidarios de una abulia consensuada y expectante, a la espera de las soluciones que hemos sido incapaces de producir nosotros mismos. Hay que adecuar nuestra conducta a la realidad de la nación autónoma en la que deseamos convertirnos, sin amarras de ningún signo, sin que esto suponga un arrebato de insolencia.

Y no sucumbiremos ante el chantaje radical que acusa indiscriminadamente de obstruir una agenda por el rescate de Venezuela a todo el que exprese sus reservas frente a tal o cual herramienta. En AD al menos no nos desbalancean los alaridos del radicalismo infecundo, y no vacilamos a la hora de reafirmar una posición histórica. En una demostración de ese penetrante sentido crítico que lo convirtió en el político más esclarecido del siglo XX, Betancourt rompió intelectual y políticamente con el comunismo soviético, entre otras cosas, por la indigna pretensión, elevada a norma del internacionalismo proletario de la Tercera Internacional, que consistía en la liquidación de la autonomía de los partidos comunistas locales, como forma de subordinarlos a las necesidades de la política soviética. Esta indisimulada petición de servilismo y vasallaje lo alejó irremediablemente de esta primitiva forma de pensamiento, y lo reafirmó en sus ideas de nacionalista convencido que transmitió al partido que fundaría en septiembre de 1941. Sería entonces una inconsecuencia y una necedad que los hombres y mujeres del partido de Rómulo Betancourt procuremos una dependencia de distinto signo en nuestro tiempo, y renunciemos al respaldo de las mayorías que aspiran una solución evolutiva, pacífica y electoral a nuestros problemas, por complacer a una ensordecedora minoría extraviada que deja al azar la formación de su destino.

Ojalá nuestra posición no sea interpretada con el sesgo maldadoso de la crítica tendenciosa. Estamos a favor de que se articulen los esfuerzos de nuestros aliados en el mundo, eso es un punto indiscutible. Necesitamos la cooperación determinante de los gobiernos democráticos, la hemos tenido y siempre estaremos en deuda con quienes nos han acompañado activamente. Pero esto no quiere decir que invoquemos invasiones de ningún tipo, porque ha sido reiterada por los más importantes factores internacionales la exigencia de que el problema venezolano desemboque en una salida incruenta, transigida y en paz, que evite mayores costos a la tan comprometida situación. Y eso solo será posible por medio de unas elecciones auténticamente libres, con garantías para el ejercicio del voto, con un árbitro confiable para los competidores y con observación internacional durante todo el proceso.

De nuestra soberanía solo conservamos nuestro himno y nuestra bandera, de resto hemos sido convertidos en una nación vasalla, postrada por un proyecto demencial concebido por perturbados que avergüenzan la nacionalidad y que nos entregaron a los regímenes de la peor ralea, condenados por su reputación de forajidos. De la intrusión de esos factores externos indeseables debemos liberarnos por medio de una fuerza nacional que logre echarlos definitivamente de donde nunca han debido estar, y que los disuada de querer reintentarlo en el futuro.

Ya es hora de que volvamos a venezolanizar a Venezuela, empecemos por construir internamente una solución definitiva con el unánime respaldo del pueblo venezolano.

Anuncio. Desplácese para continuar leyendo.

Artículos relacionados

Sucesos

Wilson Niño fue uno de los sujetos que alcoholizó a un mono hasta hacerlo desmayar

Vitrina

“Ella se está sintiendo bastante mal”, informó una fuente que pidió no ser identificada

Internacionales

Los bomberos llegaron al sitio apenas se les informó del incendio

Nacionales

El número de contagiados se eleva a 9465 desde el 13 de marzo