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La Lupa

Vuelo 2350 de Conviasa, 13 años de la tragedia: confesiones de un sobreviviente

El avión, matrícula YV 1010 se estrelló en un campo de desechos de la Siderúrgica del Orinoco (Sidor) en Puerto Ordaz, estado Bolívar

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Conviasa

Caracas / Foto Portada: Correo del Caroní.- Aferrado a Dios, agradecido, y con unas inmensas ganas de vivir: así se despierta todos los días José Manuel Bartolozzi, uno de los 34 sobrevivientes del vuelo 2350 de la aerolínea estatal Conviasa.

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En horas de la mañana del lunes 13 septiembre de 2010, un avión ATR 42-320 matrícula YV 1010 de la aerolínea estatal venezolana Conviasa se estrelló en un campo de desechos de la Siderúrgica del Orinoco (Sidor), en Puerto Ordaz, estado Bolívar. El saldo fue de 17 muertos y 34 sobrevivientes.

El vuelo 2350, que cubría la ruta Porlamar-Puerto Ordaz, partió del Aeropuerto Internacional General en Jefe Santiago Mariño a las 9:00 a.m., con dos horas de retraso, con 47 pasajeros y cuatro tripulantes a bordo. Aproximadamente a las 9:53 a.m., cuando el avión se acercaba al Aeropuerto Internacional Manuel Carlos Piar, el nerviosismo se apoderó de la tripulación y de los pasajeros a bordo. El impacto de la aeronave con el suelo fue mortal.

El avión se estrelló en un campo de desechos a 10 millas de la pista de aterrizaje. Las causas del accidente se atribuyeron a una falla en el sistema de control de vuelo, que provocó que el avión entrara en pérdida y se estrellara.

Foto cortesía: Carlos Jesús Gómez

A 13 años del accidente, José Manuel Bartolozzi, de 35 años de edad, cuenta en entrevista exclusiva para El Cooperante, que sigue lamentando la pérdida de sus familiares que no sobrevivieron al trágico accidente. Para él, el 13 de septiembre de 2010, es un día que nunca olvidará, pero que ha sabido –con mucho esfuerzo- sobrellevar.

“Aprendes a vivir con esa ausencia, con el dolor que todo esto causa. El tiempo me ha permitido tener días mejores, otros no tanto, días buenos, días no tan buenos. Básicamente, me ha permitido, o lo he logrado con paciencia, querer abrazar lo que siento y aceptar que ese dolor va a estar conmigo, porque si algo he podido aprender, es que los seres humanos hacemos a un lado el dolor, porque es una sensación incómoda y no entendemos que para sobrellevarlo hay que aceptarlo. Suena trillado, pero realmente ponerlo en práctica después de 13 años, me ha permitido abrazar el dolor y entender que eso iba a suceder, cómo sea, iba a suceder”.

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José Manuel Bartolozzi viajó a la Isla de Margarita como solía hacerlo en temporada de vacaciones. Para él, este viaje tenía un significado muy especial, porque para esas fechas tenían previsto nacer sus hermanos morochos (por parte de papá) y la visita a la entidad insular, servía para comprarles regalos a los bebés.

Bartolozzi viajó con su madre, Luzmila Rojas (45), su abuela, Luz María Rojas Medina, su hermana, Michelle Bartolozzi (18), su hermano Ángel David Velásquez Rojas (2 años) y su primo de doce años, Luis Manuel Rodríguez Rojas.

Días antes

El día antes de regresar a Puerto Ordaz, José Manuel disfrutó de una cena con su hermana, nada particular, según como lo describe ahora, claro, sin saber que sería la última.

“Yo salí a cenar con mi hermana como siempre lo hacía, pudimos conversar de tantas cosas, estábamos contentos, porque días anteriores habían nacido los morochos. Fue un día normal”.

Sin embargo, hoy en retrospectiva, José Manuel Bartolozzi trayendo a colación sus sentimientos de superstición, recuerda un momento “clave” que vivió con su mamá durante el viaje que, desde su punto de vista, fue un gran mensaje de vida que le dejó.

“Durante el viaje, cuando nos enteramos de que mis hermanos nacen, mi mamá estaba supercontenta y ansiosa por regresar (a Puerto Ordaz), porque había cosas por hacer. Y una de esas cosas era que ella quería que en mi casa, mis hermanos, tuviesen un espacio, porque me dijo que los hermanos siempre tienen que estar juntos. Para ella eso era muy importante y nos quería hacer entender que nuestros hermanos eran bienvenidos”.

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Trece años han servido para que José Manuel Bartolozzi entendiera, gracias al tratamiento psicológico y psiquiátrico, que no tiene ninguna responsabilidad de lo que ocurrió. Días después del accidente, incluso meses, años, Bartolozzi se culpaba de haber organizado el viaje de retorno, haber comprado los pasajes para esa fecha, y sentarlos a todos de la forma como lo hizo.

“Sabes que yo soy muy supersticioso, toda la vida. Y muchas veces esas energías me han permitido adelantarme o entender qué algo va a pasar. Pero ese día no. Fue un día normal. Todo el mundo se despertó, se vistió, arregló maletas, salimos del apartamento donde nos estábamos quedando sin ningún tipo de retrasos. Mi hermanito que pocas veces se dormía en mis brazos, durante todo el trayecto al aeropuerto se durmió conmigo, la verdad, todo normal”.

“Pero, cuando veo los asientos, digo: es ilógico que viajemos así. Mi hermanito solo, mi hermana con otra gente, mi mamá, por un lado, entonces agarré los boarding pass de cada uno y les dije, tú te sientas aquí, tú allá, los senté a todos juntos. Por mucho tiempo sentí culpa por eso, pero como te decía, con el paso del tiempo entendí que no fue mi culpa, yo no tenía responsabilidad de eso, porque de alguna manera eso iba a suceder. Fue bien complicado lidiar con esa culpa”.

Informe y recuento de los hechos

El accidente aéreo de Conviasa dejó un impacto negativo en la imagen de la aerolínea estatal venezolana. La compañía fue acusada de negligencia y de no cumplir con los estándares de seguridad internacionales.

El ministro de Transporte y Comunicaciones para ese entonces, Francisco Garcés, pedía ante los medios de comunicación, "prudencia y tiempo", porque la investigación requería un estudio científico con apoyo internacional.

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Dos días después, el 14 de septiembre de 2010, el Ministerio de Transporte anunciaba el inicio de las investigaciones para determinar las causas del accidente, encabezada por la Junta Interventora de Accidentes Aéreos y los fabricantes del avión ATR-42 de Conviasa.

El viceministro de Gestión de Infraestructura en ese momento, Arturo Gil (actualmente embajador de Venezuela en Francia), declaró al canal del Estado, Venezolana de Televisión, que las causas del accidente se conocerían en "un tiempo no muy lejano".

Informe: fallas y negligencia

De acuerdo con el informe final de la Dirección General para la Prevención e Investigación de Accidentes Aéreos del Ministerio del Poder Popular para Transporte Acuático y Aéreo publicado en diciembre de 2014, cuatro años después de la tragedia, se determinó que una falla del sistema de advertencia de pérdida (incapacidad de la aeronave de mantener el vuelo controlado por falta de sustentación), aunado a la falta de condiciones de la tripulación para controlar la emergencia, serían las causas “más probables” del accidente.

Vale resaltar que el informe destacó que, antes del accidente, la aeronave YV1010 había efectuado la ruta Porlamar-Maturín-Porlamar con la tripulación involucrada sin haber reportado alguna falla.

Ya en el vuelo Porlamar-Puerto Ordaz, según el informe, el piloto comunicó en dos ocasiones al Centro de Control de Área (ACC) que presentaba fallas de control, pero descartó necesitar ayuda.

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Un tercer contacto entre el piloto y ACC sirvió para comunicar la emergencia de la falla en los controles y la necesidad urgente de proceder a descender. El controlador le solicito al piloto reportar al encontrarse a veinte millas náuticas (20) MN de Puerto Ordaz, pero no hubo respuesta.

Minutos después, al retomar el contacto, en la Torre de Control de Ciudad Guayana se escuchó “May day may day may day”. De inmediato hicieron un contacto con la aeronave, pero solo hubo silencio absoluto.

El fuerte humo negro nubló la vista de la aeronave YV1116 que esperaba instrucciones para despegar. Desde la Torre de Control se pidió apoyo y estos confirmaron que se trataba de la aeronave YV1010 ardiendo en llamas.

Entre los recuerdos del accidente de José Manuel Bartolozzi, no figura un llamado de alarma por parte de la tripulación.

“No hubo un pronunciamiento del piloto ni alerta de que estábamos pasando por una situación de riesgo. No hubo ningún pronunciamiento de las azafatas, no lo hubo”.

La alerta de los pasajeros se enciende por un fuerte descenso de la aeronave.

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“Hubo un momento en el que el avión descendió muchísimo y todo el mundo, como es natural, comenzó a gritar, pero luego el avión tomó el control (…) segundos antes del impacto es que salen las máscaras de oxígeno, nosotros nunca tuvimos un protocolo previo, no hubo nada. Después de ese trágico descenso es que nos damos cuenta de que algo está sucediendo"

"Quien ha ido a Puerto Ordaz sabe que antes de aterrizar te orientas de que vas llegando, porque ves de cerca el aeropuerto, las empresas básicas, pero en ese descenso yo no veía nada y fue ahí cuando siento el golpe".

"Y sí, recuerdo que volteé para intentar orientarme y vi a la gente saltando de sus asientos, las maletas cayendo, mi ventanilla abierta, recuerdo ver muchas cosas marrones, hasta que el avión desafortunadamente se enreda con una guaya y es lo que hace que se parta por la mitad durante el vuelco. Yo sentí como una burbuja que me absorbió y no dejó que me tocara nada. El que es creyente sabe que fue Dios, porque yo estaba donde se partió el avión, ese era mi asiento, allí estaba yo”.

La emergencia: horas de tragedia

Minutos u horas. José Manuel Bartolozzi desconoce cuánto tiempo pasó entre el accidente y la llegada de ambulancias y paramédicos, pero al despertar en ese trágico momento vio a su hermana Michelle Bartolozzi abrochada al cinturón de su asiento, todavía respiraba, pero se le apagaba la vida poco a poco.

“Ayúdame a buscar a mi mamá, no te quedes allí, levántate. Recuerdo que le gritaba a cada rato eso, pero ella no reaccionaba. Al rato me di cuenta de que no se iba a levantar. Como pude la monté en una ambulancia para que la llevaran rápido al hospital y así poder encargarme de buscar al resto”.

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“Días después soñé con ella, y me decía: ‘yo te escuché, muchas gracias por tratar de levantarme. Yo te escuchaba, pero una voz me decía que debía seguir con mi mamá y por eso no pude levantarme. Te quiero hermano, gracias por tratar de levantarme’. Eso para mí fue como un bálsamo en ese momento, eso calmó un poco mi ansiedad cada vez que recordaba ese episodio”.

Horas después del accidente

Como una película de ficción con escenas de cámara lenta, humo y efectos especiales, recuerda José Manuel Bartolozzi, el momento del bullicio entre ambulancias y paramédicos. Sus ojos se llenaron de confusión e incertidumbre en las horas siguientes.

“No tenía idea de qué había ocurrido con los demás familiares, solo con mi hermana y mi abuela, pero no tenía idea del resto. En ese momento ya no soportaba el dolor físico de los golpes y no recuerdo cómo, pero me montaron a una ambulancia y ahí pude llamar a un amigo para que se pusiera en contacto con mi papá, y le dijera que a mi hermana se la habían llevado para allá”.

 “Cuando llego al hospital había muchísimas personas, era impresionante la cantidad de personas afuera. Televisoras, gente con cámara, gente gritando. Cuando me bajan en una camilla mi impulso fue cerrar los ojos, porque no quería ver nada. Sé de amigos, familiares que me tomaban de la mano para corroborar que yo estaba con vida”.

Días después de esa abrumadora escena, Bartolozzi pudo confirmar que sus familiares habían fallecido. “Lo confirmé, porque ya entre los pasillos lo había escuchado, solo que nadie se atrevía decírmelo en ese momento”.

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Su madre, Luzmila Rojas, falleció durante una intervención quirúrgica en el hospital Uyapar. Su abuela, hermana, hermano y primo, fallecieron segundos después del accidente.

Secuelas del accidente y cómo sobrellevarlo

Las secuelas del accidente no dejaron muchas huellas visibles en José Manuel Bartolozzi.  Hoy ni se notan. Es una persona sana, llena de vida, con alguna cicatriz en sus manos, consecuencia de las quemaduras leves que padeció. Un dolor en la espalda que va y viene de vez en cuando.

Durante 11 meses estuvo en observación clínica para estar atentos a secuelas posteriores al accidente. No obstante, fueron años que pasó en terapia psicológica y psiquiátrica para intentar sobrellevar los recuerdos de la tragedia.

“En definitiva, sobrellevar. Superar jamás. Jamás te olvidas de eso. La terapia fue fundamental para mi recuperación, de la mano de mi familia. Sin eso, no hubiese podido ni aguantar un día. Se lo agradeceré de por vida a todos”.

Foto cortesía: José Manuel Bartolozzi, Michelle Bartolozi, Luzmila Rojas, Ángel David Velásquez Rojas

Con el pasar de los años, José Manuel Bartolozzi asegura haber entendido que Dios le ha regalado una segunda oportunidad de vivir, y le ha permitido entender que no tuvo ningún tipo de injerencia en la tragedia.  También dice que aprendió a amar aún más a su familia y agradecerles porque hoy está de pie, gracias a ellos.

Con esa valentía que forjó con el pasar del tiempo, Bartolozzi volvió a montarse en un avión años después. Confesó haberlo hecho sintiendo mucho miedo y rabia, pero con la convicción de que otra tragedia como la que vivió, no le volvería a ocurrir.

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“Esa primera vez viajé en otra aerolínea, sentí mucho miedo, muchísima ansiedad, recuerdo que lo hice un poco medicado. Pasaban muchas cosas por mi cabeza, pero al final había un respiro, algo que me decía, esto no tiene por qué volver a pasar. En ese viaje estaba en compañía de dos personas muy especiales y a pesar de que fue un trayecto corto (Puerto Ordaz-Caracas), me sentí muy contento de haberlo hecho”.

Cinco años después tomó un vuelo de Conviasa. “Sentí miedo, impotencia, rabia, fue una sensación muy fea”.

Seguir adelante

José Manuel Bartolozzi continuó su vida sin querer saber la verdad sobre las causas del accidente. Hasta ahora, dice no tener conocimiento del informe final, ni de audios de la caja negra que se filtraron tiempo después en redes sociales. “Yo no quise saber nada y hasta el sol de hoy no lo sé, no quiero saber”.

Actualmente, reside en Estados Unidos luego de transitar por un proceso legal contra la aerolínea que concluyó cuatro años más tarde del accidente, gracias a la celeridad —dice— de personas profesionales abocadas al caso que, según cuenta, expresaban el deseo de que todo se esclareciera.

“Todos los sobrevivientes lo merecíamos, fue un proceso muy largo. Iban y venían papeles, recolectabas información, pero como te dije, no me interesó nunca saber en qué derivó todo, nunca quise saber las causas reales del accidente”.

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Su vida ha cambiado. Asegura que Dios le sigue sonriendo y le regala diariamente fuerzas para seguir viviendo. Confiesa que los recuerdos siempre llegan a su mente y que la soledad a veces le pasa factura, pero celebra que ha podido sobrellevarlo y dar el valor que su vida merece. “Agradezco todos los días la segunda oportunidad de estar vivo”.



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